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sábado, 10 de marzo de 2012

Las vacaciones zoológicas de Gerald Durrell

Alianza reedita el mítico 'Mi familia y otros animales'

Álvaro Cortina | Madrid



Tolstoi inicia así su 'Ana Karenina': "Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada". Pues bien, las memorias de Gerald Durrell parecen contradecir alegremente esta máxima. Él y su familia son perfectamente raritos, y sus recuerdos son alegres y entrañablemente problemáticos.

'Mi familia y otros animales' inicia una trilogía autobiográfica que transcurre en la isla griega de Corfú, isla donde el dios Poseidón tuvo un idilio con una ninfa. El niñó Durrell comenzó allí su idilio con la Naturaleza y todo niño feliz es pleno como un dios enamorado.

Ofrece su visión de zoólogo párvulo de 10 años para el que todo es más grande, y para el que cada jardín es un mundo y una foresta. Parece que, por entonces, para el autor la vida misma era estar de vacaciones.

Captura animales y los hace de la familia, los incluye en el retablo con nombre propio. Está el perro Roger, Gerónimo la salamanquesa, Aquiles la tortuga, Ulises el mochuelo, Cicely la mantis religiosa. Durrell desempolva la crónica mental de cómo pelearon a muerte Gerónimo con Cicely.

Lo cuenta como Mailer el combate de Ali contra Foreman y Jack London el del calamar contra el cachalote. Hay detalle, hay fragor y muerte. La fauna en combate no deja de ser una metáfora facilona, apasionante y peliculera para el evolucionismo.

Le da a veces a Durrell por circunstanciar su trabajo de campo. Habla sobre los sapos o sobre los escorpiones. Sobre estos últimos, por ejemplo, escribe:

"Averigüé que comían moscones (aunque cómo los atrapasen era un misterio que no fui capaz de desvelar), saltamontes, mariposas nocturnas y típulas. Varias veces los hallé devorándose entre sí, hábito que me disgustaba sobremanera en unas criaturas por lo demás intachables". Para él los escorpiones son honorables, y los escarabajos son gente de negocios muy atareada.


Cuenta, en fin, cómo empezó recolectando sus zoológicos iniciáticos. Conseguiría destacar siguiendo esta carrera: 23 años después fundaría el zoológico de Jersey. Aunque se trata, ante todo, de un libro cómico, lleno de chispa y de sarcasmo.

Sobre Corfú se instala el sol mediterráneo y los incidentes entre "Mamá", Margo, Leslie, Larry y Gerry son pequeñas escaramuzas entre personalidades.

Las aventuras discurren inocuas y el lector puede sentir envidia de tanta payasada. Durrell es simpático con la palabra y con sus safaris. Leerle es escuchar alguna melodía de Django Reinhart, es ver por una lente de vieja cámara doméstica, atravesada de verano, cómo alguien juega en el jardín dando volatines.

La familia pasa por tres villas que dividen la estancia (y su relato). El hermano mayor, Larry, Lawrence, que de mayor fue un novelista de fama (léase 'El cuarteto de Alejandría'), es un joven pretencioso y petulante, Margo es una adolescente con acné y Leslie es un aficionado a la caza y a las armas.

Y el pequeño, Gerry, es el naturalista que convierte las cajetillas de cerillas en "trampas mortales". Con bichos dentro. Aunque Larry es el antipático del clan:

"Larry abundaba siempre en ideas sobre cosas de las que carecía de experiencia. A mí me aconsejaba sobre el mejor método a seguir en el estudio de la naturaleza, a Margo sobre ropa, a Mamá sobre cómo gobernar a la familia y pagar sus deudas, y a Leslie sobre cómo habría que cazar". Por cierto, es el mismo Lawrence Durrell que prologa el libro.

Estos recuerdos están dedicados a la madre del escritor. No hace falta ser un águila para percibir el aura tierna de la viuda “señora Durrells” (como le llama el sirviente griego Spiro). Mamá Durrell salta de perplejidad en perplejidad con cierta sensación de descontrol. Los hijos se le amotinan, se le pelean, y ella tan inalterada, tan apacible. Es obvio que Durrell amaba a su pobre madre.

También planean sombras. La venida de la tía Hermione ("la vieja camella, que apesta a naftalina y canta himnos litúrgicos en el retrete", según Larry) o los amigos artistas de Larry, okupas esnobs.
Cuatro años de Corfú

Qué suerte tuvo Gerald, que se saltó el colegio corriendo entre parrales o comiendo granadas al viento antiguo de Corfú durante cuatro años. Voluntariamente exiliados del invierno inglés. Atento al nido de tijeretas o construyendo un bote de madera ("Bootle-Bumtrinket", se llamaba). Qué suerte.

Están la villa color narciso, la villa blanca y la villa color fresa, y de una a otra se van atando retazos amables y animalarios locales. Memorias de un sentimental con reflejos de bromista. "Fue en la villa blanca donde conocí íntimamente a las mantis", escribe. Si uno quita el nombre de "mantis" y pone el de una condesa podría ser una frase azarosa de las memorias de José Luis de Vilallonga y demás dandis.

Pues no. Hay gente que es de condesas, otros son de coches y Gerry Durrell era de mantis, entre otros animales (consanguíneos incluidos). Cuando a Margo le deja un novio turco que se echa, cada uno se lo toma a su modo. Larry se anda con lecciones, "Mamá" lo lamenta falsamente, Leslie maldice absurdamente, y Margo llora.

Pero la frase final del párrafo es concluyente: "Todos nos divertimos mucho". "Todos" es un plural extensivo a Margo. En este libro la gente se está divirtiendo hasta cuando llora. 'Mi familia y otros animales' es el testimonio de una familia muy especial y muy feliz. Raramente en la literatura la alegría es tan extensiva y tan plural.
'Mi familia y otros animales', de Gerald Durrell. Traducción: María Luisa Balseiro. Editorial Alianza, 2008. 383 páginas. 8 euros.

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